Seguro que están en el fondo de un olvidado cajón de su despacho, quizás en una anotación descolorida al final de un pequeño cuadernillo de presagios, o grabado en los oídos de cualquiera que aquellos días le prestase algo de atención. Quizás sus premoniciones, ayer intuición hoy realidad, estén escondidas en un rincón de su mente cristalina. Guardiola lo dijo sin palabras, lo dijo con su marcha a ninguna parte, lo proyectó en la fugacidad de su retiro, en su espalda rasgada por la daga en aquella rueda de prensa de su adiós, sentado entre Caín y Caín. Nadie supo interpretar su año de luto, sus elegantes silencios, los auténticos motivos de su destierro a las antípodas de Barcelona, del planeta, del fútbol y del club de sus sueños. Guardiola puso tierra de por medio entre su alma y su mente, entre el triunfo y la decadencia. Saltó por la borda al mar como un capitán al que el patrón le ha robado los galones. Supo alejarse de su propia obra porque aquellos días descubrió que bajo la pintura blaugrana solo había recuerdos y bajo los recuerdos barniz y bajo el barniz una capa de óxido oculto y corroyente.
17 de abril de 2014
14 de abril de 2014
El prólogo del problema
La puerta se acababa de cerrar mientras se alejaba la escalera sobre el suelo escarchado. Estaba a punto de despegar un avión de la compañía Sol Líneas Aéreas que habitualmente hace el recorrido entre Rosario y Buenos Aires. Era el mes de julio de 2013, doce de la mañana hora local y en apenas 50 minutos se despejaría la decisión más importante que ha tomado el Barcelona en el último lustro. En aquel aparato que se alejaba del Aeroparque Internacional de Rosario viajaba el presente y el futuro de la plantilla futbolística más impresionante que ha parido la historia.
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