Como el fútbol no es una ciencia exacta no son pocas las ocasiones en que se convierte en un campo abonado para las supersticiones, manías de brujas, hechizos de media noche, oscuros aquelarres, interpretaciones de calendarios ancestrales y seguimiento esotérico de conjunciones astrales. Este tipo de prácticas suelen aparecer, con más fuerza si cabe, a las puertas de la derrota y ante el umbral de la desesperación. Siempre surgen cuando la fe gana el pulso a la razón, cuando la realidad deja paso a la esperanza. Carlos Bilardo, seleccionador de Argentina en las Copas de 1986 y 1990, se sentaba en la banca con una estatua de la virgen de Luján. Además, por algún esotérico motivo, prohibía a sus jugadores comer pollo. Ronaldo, auténtico astro brasileño, no disparaba a portería durante el calentamiento con el fin de no “gastar los goles”. El carioca copió el método al goleador inglés Gary Lineker. El internacional chileno Iván Zamorano se vendaba la muñeca de la mano derecha porque una vez tuvo molestias, le colocaron la tela y marcó tres goles.
18 de diciembre de 2012
16 de diciembre de 2012
Valdebebas huele a azufre
La primera vez que pisé una clase de la Facultad de Ciencias de la Información, recibí la mayor verdad que se puede recibir en toda la carrera. El profesor de redacción periodística, Don Teodoro León nos advirtió que en la redacción de un medio de comunicación no hay compañerismo sino que el tiempo solo deja lugar a la curiosidad por saber “cual de tus compañeros es el más hijo de puta”. La profesión periodística se parece más al mundo de las top models que al de la medicina. Entre los médicos no hay fisuras, si la mano de uno se ensucia, la mano de otro la lava. Mienten como bellacos ante una negligencia, o miran para otro lado como políticos ante una mala praxis. En el periodismo sucede lo mismo pero con una finalidad opuesta. Por eso llaman tanto la atención las excepciones que confirman estas reglas.
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