No tuvo una infancia sencilla porque los recuerdos de su niñez aún huelen a balón prestado y lámpara de carburo. Desde muy joven sabe lo que es el dolor; con solo 4 años se destrozó el fémur y con 29 se fracturó la tibia. De pequeño le diagnosticaron cojera permanente, de mayor mil veces el final de su carrera. Cambió el candil por la pelota y la mina por el césped, encontró oro sin ni siquiera buscar carbón. El minero sin mina, el futbolista errante de mirada hierática, de sonrisa triste y alma asturiana. David Villa no necesitó nacer en Cataluña ni Madrid para convertirse en uno de los mejores futbolistas de la historia del fútbol español. Simplemente nació un buen año en un buen sitio, no pertenece a ninguna quinta, nunca ganó el premio bravo ni tampoco un mundial juvenil. No pernoctó en la masía ni conoce al utillero de la fábrica. Su padre no sabe bailar sardanas ni tampoco juega al mús. Villa no explotó en el Bernabéu ni selló su debut en Old Trafford. El jugador de Tuilla trazó su carrera con la misma paciencia que el sedimento vegetal se convierte en carbón.
22 de noviembre de 2012
21 de noviembre de 2012
Poneos por un momento en su lugar
A medida que pasa el tiempo y las ruedas de prensa empiezo a comprender cada vez más a José Mourinho. Por un momento pónganse en su lugar. Solo hay que hacer un pequeño ejercicio de imaginación para entender lo doloroso que debe ser empezar una carrera profesional tan exitosa como precoz y comprobar con el paso de los años que tu trabajo a penas ha servido para amasar dinero, levantar copas y reventar escudos. Pienso en el Mourinho de hace veinte años cuando intentaba encontrar un paralelismo jocoso entre las gracietas de Robson y el humor español. Todo un mundo por descubrir rodeado por un futuro incierto alimentado de múltiples ilusiones. Denostado traductor culé, debió mezclar en más de una ocasión su futuro con sus sueños y su rabioso pasado con su personalidad. Quién no sufrió para conciliar el sueño alguna vez por dormir triunfando en aquel sitio donde solo te dejaron fracasar. Qué mayor volumen de resentimientos que aquellos que se guardan en una maleta por salir sin pena ni gloria del lugar que te formó y no te dio una oportunidad. Algún día volveré, debió pensar.
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