Los antecedentes avalan a los protagonistas que se dieron cita ayer en el estadio levantino. Tras un partido marcado por agua y sangre, lucha y fuerza; los futbolistas del Levante y el Real Madrid acabaron mal un encuentro que nunca debió disputarse por el estado del terreno. Las pérdidas de equilibro y el descontrol de la fuerza en los contactos cuerpo a cuerpo se incrementaron por la lluvia. No hicieron más que agravar una situación que ya de por sí era peligrosa si tenemos en cuenta los últimos encuentros que han disputado ambos conjuntos. El Real Madrid tiene un nuevo derbi en tierras alicantinas, forja un nuevo enemigo íntimo a más de trescientos kilómetros. Allí por donde pasa, la nueva ola de despropósitos con poco estilo, de entrar al choque con o sin motivos y de responder a la provocación o a la fuerza con la misma fuerza, está desencadenando con o sin razón una marejada de odio allí por donde deja su olor. Cada vestuario que pisan y cada escudo que pisotean algunos de sus futbolistas dejan un rastro inconfundible de golpes, amenazas, críticas y provocaciones. Los vestuarios locales en campo contrario empiezan a convertirse en zonas cero tras el paso del conjunto madridista. Lo que antes era aceptable de forma puntual y fortuita, un mal día para el conjunto blanco, se ha convertido de forma irremediable en su pan de cada día. Dos no se pelean si uno no quiere y al mismo tiempo dos se pelean si ambos quieren.
12 de noviembre de 2012
7 de noviembre de 2012
Peligro, Cristiano no va a lanzar
Empieza a situar el balón justamente donde el árbitro se lo indicó. Su mirada está concentrada mientras lo acomoda. No hay nadie a su alrededor, no expresa ninguna inquietud por lo que le rodea, es una gran oportunidad porque la distancia es aceptable. Mientras tanto, el árbitro cuenta nueve pasos y aleja la barrera de adversarios. Sus compañeros le observan desde una distancia prudencial, nadie se atreve a molestarle. Él aún continúa mirando la pelota, su cuerpo está inclinado sobre ella y sus brazos extendidos la sitúan sobre el suelo. La pierna de un compañero se acerca por la zona izquierda, es la de Xabi Alonso, la observa de reojo sin levantar la mirada. El portero todavía está colocando la barrera sin ninguna medida excepcional, es la rutina. Empieza el ritual: Coloca el pie izquierdo junto al balón, el derecho lo retrasa a una posición natural, vuelve a mirar el esférico y levanta la cabeza, obtiene una visión general de la situación; retira la pierna izquierda del perímetro de la zona de golpeo y se vuelve cinco pasos hacia atrás; piernas abiertas, brazos en jarra y vuelve a mirar la portería, comienza la carrera de golpeo mirando al suelo; los adversarios que componen la barrera extienden las palmas de su manos para intentar cubrir con sus extremidades superiores la máxima extensión de su cuerpo, sus genitales o su cara corren peligro, saben que hay un 99 por ciento de posibilidades de que el balón les golpee con dureza.
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